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71. Pasados los treinta días de plazo, Rodrigo dijo a los bárbaros que estaban en el castillo de Murviedro: «¡Por qué tardáis en entregarme la fortaleza?». Ellos, engañándole, le respondieron: «Señor, los emisarios que hemos enviado, aún no han vuelto; por esto hemos tomado el acuerdo de suplicar de tu nobleza que nos concedas algunos días de tregua». Al darse cuenta Rodrigo de que le engañaban y sabiendo que le decían esto mintiéndole para tener más tiempo, les dijo: «Para que sea manifiesto que no temo a ninguno de vuestros reyes, os concedo todavía doce días de tregua para que no tengan ninguna excusa para venir a socorreros. Pasados estos doce días, en verdad os digo que si no me entregáis el castillo inmediatamente, a cuantos de vosotros pueda coger, os quemaré vivos o, atormentándoos, os pasaré a cuchillo». Llegó así el día fijado y dijo Rodrigo a los que estaban dentro: «¡Por qué os demoráis tanto y no me entregáis la fortaleza como me habíais prometido?». Ellos respondieron: «He aquí que ya está cerca vuestra Pascua llamada Pentecostés. Te entregaremos la fortaleza en el día de la Pascua, pues nuestros reyes no quieren socorrernos. Entrad con seguridad en él, tú y los tuyos. Y dispón de el como quieres». El les dijo: «No entraré en el castillo en el día de Pentecostés, sino que os doy todavía otro plazo hasta la fiesta de San Juan. Entretanto tornad vuestras mujeres, hijos, esclavos y todas vuestras riquezas e id en paz con todos vuestros bienes a donde queráis. Evacuad el castillo y sin poner obstáculos dejadlo libre. Yo, por mi parte, con la ayuda de la divina clemencia, entraré en él el día de San Juan Bautista». Los sarracenos le dieron rendidas gracias por tal y tan grande misericordia.

72. En la festividad de San Juan Bautista Rodrigo envió delante para penetrar en la fortaleza a sus soldados a quienes ordenó que subieran Y entraran. Ellos así lo hicieron y después de alcanzar la parte mas alta, alegres, dieron gracias a Dios. Luego al llegar Rodrigo en persona ordene devotamente que se celebrara una misa y se ofreciera la oblación. Allí mismo hizo que se construyera una iglesia de admirable construcción dedicada a San Juan. Ordenó a sus soldados que custodiaran con cuidado las puertas de l a ciudad, las fortificaciones de todos los muros y todas las cosas que había en ella y en el castillo. En el, aunque había sido evacuado, encontraron muchas riquezas. Algunos sarracenos habitantes de Murviedro permanecían aún en la ciudad; tres días después de tomarla Rodrigo les dijo: «Os ordeno que me devolváis todas las cosas que quitasteis a mis hombres y lo que llevasteis a los almorávides en deshonra y darlo mío. Si no queréis hacerlo, no dudéis que os llevaré a la cárcel y os cargaré de cadenas de hierro». Ellos no pudieron devolver lo pedido, fueron llevados a Valencia por mandato de Rodrigo, privados de sus riquezas y encadenados.

73. Tras realizar esto, llegó a Valencia y construyó con admirable y bella fábrica en el lugar que los sarracenos llaman mezquita, la iglesia de Santa María Virgen, en honor de la madre de Nuestro Redentor. Ofreció a la citada iglesia un cáliz que pesaba ciento cincuenta marcas. Dio también a la mencionada iglesia dos tapices preciosísimos tejidos con seda y oro, semejantes a los cuales, según se dice, nunca hubo otros en Valencia. Allí celebraron juntos con gran devoción una misa acompañada de melodiosas laúdes y suavísimos y muy dulces cantos, alabando llenos de gozo a Jesucristo Redentor y Señor Nuestro, a quien pertenece el honor y la gloria junto con el Padre y el Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén.

74. Quizá sería demasiado extensa y podría cansar a los lectores la enumeración de todas las guerras en las que Rodrigo tomó parte junto con sus aliados y en las que alcanzó el triunfo, la relación de cuantas villas y aldeas saqueó y destruyó por completo con su fuerte brazo, con la espada y toda clase de armas. Pero, en la medida en que pudo la pequeñez de nuestro conocimiento, escribimos sus hazañas con estilo tosco pero breve y fielmente. Mientras vivió en este mundo, siempre triunfó de forma manifiesta sobre sus adversarios y nunca fue vencido por ninguno.

75. Murió Rodrigo en Valencia en la era 1137 en el mes de julio. Después de su muerte su mujer, digna de compasión, permaneció allí con gran acompañamiento de caballeros y soldados. Enterados de la noticia de su muerte todos los sarracenos que vivían en las regiones situadas al otro lado del mar, después de reunir un gran ejército, se dirigieron contra Valencia, la sitiaron por todas partes y la atacaron desde todos lados durante siete meses de asedio.

76. Su mujer, privada de tal y tan gran varón, al verse apremiada en medio de tanta congoja y no encontrando ningún remedio a su desgracia, envió al obispo de la ciudad al rey Alfonso para que por su piedad viniera en socorro suyo. Al tener noticia de ello, el rey se presentó en Valencia rápidamente con su ejército. Le recibió la desdichada mujer de Rodrigo, besando sus pies, con gran alegría y le suplicó que le ayudara a ella y a todos los cristianos que con ella estaban. El rey, considerando que ninguno de los suyos podía gobernar la ciudad y defenderla de los sarracenos por estar muy alejada de su reino, llevó con él a Castilla a la mujer de Rodrigo con el cuerpo de su marido y a todos los cristianos que estaban allí con sus riquezas y bienes. Después de salir todos de la ciudad, el rey ordenó que fuera incendiada y con todos estos llegó a Toledo. Los sarracenos, que habían huido a causa de la llegada del rey y habían abandonado la ciudad sitiada, después de su marcha entraron en ella y a pesar de estar arrasada la habitaron con todos sus alrededores y no la perdieron nunca más.

77. La mujer de Rodrigo junto con los soldados de su marido llevó el cuerpo de éste al monasterio de San Pedro de Carderia donde le dio honrosa sepultura después de otorgar grandes donaciones al monasterio Por su alma.

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