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61. Rodrigo atacó Valencia durante bastante tiempo por todas partes con más fuerza y vigor de lo acostumbrado y la tomó después de haberla asaltado valerosamente, y una vez tomada, enseguida la saqueó. Encontró en la ciudad, apropiándose de todo, muchas e innumerables riquezas, esto es: gran cantidad de oro y plata en abundancia sin número, brazaletes preciosos, gemas engastadas en oro, varios y diversos adornos y telas de seda recamadas de oro. Se hizo con tan gran y tan valioso tesoro en esta ciudad que él y todos los suyos se hicieron más ricos de lo que mis palabras podrían llegar a expresar.

62. Yusuf, rey de los almorávides, al oír que Valencia ya había sido tomada y saqueada por Rodrigo con impetuoso ataque, montó en terrible cólera y se entristeció sobremanera. Después de celebrar consejo con los suyos, nombró jefe de Al-Andalus a uno de su familia, hijo de su hermana, llamado Muhammad. Le envió con una gran hueste de infieles, almorávides y musulmanes de todo el Al-Andalus a asediar Valencia y llevar a Rodrigo ante él, cautivo y cargado de cadenas de hierro. Estos al llegar al lugar denominado del Cuarte, que está a cuatro millas de Valencia, plantaron allí su campamento. Toda la región que estaba alrededor, enseguida se dirigió a ellos con los alimentos, víveres y piensos necesarios; en parte les ofreció las vituallas y en parte se las vendió. Eran casi mil caballeros y treinta mil infantes. Al ver Rodrigo tan grande e innumerable multitud que se dirigía a luchar contra él, no se admiró. El inmenso ejército almorávide acampó y permaneció junto a Valencia diez días y otras tantas noches. Cada día rodeaba la ciudad, gritando y vociferando con muchos alaridos, haciendo enorme ruido, y asaeteaban frecuentemente las tiendas de Rodrigo y sus soldados y sus casas, apremiándoles mucho con el combate que era inminente. Rodrigo, con la fortaleza natural de su corazón, se confortaba a el mismo y a los suyos y los animaba valerosamente rogando con incesantes y devotas preces a Nuestro Señor Jesucristo que les diera el auxilio divino. Un día, mientras rodeaban los muros de la ciudad gritando, vociferando y luchando, según acostumbraban, y creían poder tomarla con sus fuerzas, Rodrigo, guerrero invencible, que confiaba con todo su ánimo en el Señor y en su clemencia, salió audaz y virilmente con los suyos ben armados, gritándoles y atemorizándoles con amenazas. Les atacó y después de entablar con ellos una gran batalla, venció con la ayuda de Dios a todos los almorávides. De tal manera con la ayuda de Dios, consiguió el triunfo y la victoria sobre ellos que, vencidos y retrocediendo, se dieron a la fuga. Muchos murieron a golpes de espada, otros fueron conducidos prisioneros al campamento de Rodrigo junto con sus mujeres y sus hijos. Tomaron todo su campamento y sus tiendas, en las que encontraron innumerables riquezas, oro, plata y telas preciosas, y las despojaron por completo dé todos los tesoros hallados allí. Rodrigo y todos los suyos se enriquecieron y se hicieron con mucho oro y plata, telas preciosísimas, caballos de combate, de posta y mulos, armas de diversas clases, abundantes víveres y tesoros inenarrables. Fue conseguida esta victoria en la era 1132.

63. Después de obtener este triunfo, tornó Rodrigo la fortaleza conocida por el nombre de Olocau en la que encontró el gran tesoro que perteneció al rey al-Qadir y que dividió con los suyos equitativamente. Después tomó la ciudad llamada Serra.

64. Por aquel entonces murió Sancho, el rey de Aragón, de feliz recuerdo, que vivió cincuenta y dos años y después fue a descansar en la paz de Cristo siendo sepultado con grandes honores en el monasterio de San Juan de la Peña. Después de su muerte subió al trono su hijo Pedro. Reunidos los magnates de todo su reino dijeron al rey: «Unánimemente suplicamos a tu majestad, ilustre rey, que te dignes oir nuestro consejo: creemos que te resultará bueno y útil mantener la amistad y las buenas relaciones con Rodrigo el Campeador. Esto es lo que, todos de acuerdo, te aconsejamos». Le pareció al rey bien la decisión de sus nobles y enseguida dirigió sus emisarios a Rodrigo para que se uniera a él. Los mensajeros enviados a Rodrigo dijeron: «Nuestro señor el rey de Aragón nos ha enviado a ti para que te alíes con él, establezcas con buen entendimiento una paz y amistad firmísima y seáis aliados para luchar con vuestros enemigos Y nos auxiliéis a cambio contra nuestros adversarios». Esto complació mucho a Rodrigo y les respondió que lo haría gustoso. El Rey Pedro descendió sin detenerse hasta la costa, hasta el lugar que se llama Montornes. Rodrigo salió de la ciudad de Valencia y le salió al encuentro en Burriana. En aquel lugar se entrevistaron y confirmaron la paz entre ellos concertando con sinceridad y buena intención que se ayudarían sobre todos los hombres contra todos sus enemigos. Tras hacer esto, volvió enseguida el rey a su tierra y dispuso y estableció con una firme ley que su reino se mantuviera y volviera bajo una recta justicia. Rodrigo regresó a Valencia.

65. Pasado poco tiempo, el rey Pedro se dirigió allí con su ejército para auxiliar a su aliado Rodrigo quien le recibió con el máximo honor. Después de reunir su ejército, salieron ambos al mismo tiempo de Valencia y prosiguieron hasta la ciudad de Peña Cadiella para llevarle víveres y abastecerla suficientemente de vituallas. Al acercarse a Játiva, les salió al encuentro para entablar combate con ellos Muhammad, sobrino de Yusuf, rey de los almorávides y musulmanes de Al-Andalus, con un considerable ejército de treinta mil soldados, bien equipados con toda clase de armas. El mismo dia, los musulmanes y almorávides no presentaron batalla sino que estuvieron durante todo el día profiriendo sus alaridos y gritos guerreros desde los montes que allí había. El rey Pedro y Rodrigo enviaron a Peña Cadiella todos los alimentos que encontraron en aquella región, con el botín que habían tomado, y así abastecieron la fortaleza copiosamente.

66. Saliendo hacia el mediodía bajaron juntos hasta la costa y asentaron sus campamentos frente a Bairen. Al día siguiente, Muhammad, con una grande e innumerable multitud de almorávides, musulmanes de Al-Andalus y de todos los pueblos infieles, se preparó para iniciar la lucha contra el rey y Rodrigo. En aquel lugar había un gran monte de casi cuarenta estadios de longitud en el que estaba el campamento de los sarracenos. Por la otra parte, se extendía el mar con gran cantidad de navíos almorávides y de musulmanes de Al-Andalus desde los que atacaban a los cristianos con flechas y arcos. Desde el monte los hostilizaban con otras armas. Ante esto, los cristianos se atemorizaron cundiendo el pánico entre ellos. Rodrigo al verlos temerosos y llenos de miedo enseguida montó sobre su caballo y, bien armado, comenzó a recorrer el ejército de los cristianos arengándoles de esta manera: “Escuchadme, compañeros míos muy queridos y amados, sed fuertes y valerosos en el combate, tened ánimo como hombres que sois, y de ningún modo tengáis miedo ni temáis su gran número porque hoy los entregará Jesucristo Señor Nuestro a nuestras manos y a nuestro poder». Al mediodía, el rey y Rodrigo los atacaron con el grueso de las tropas cristianas luchando con todas sus fuerzas tenazmente. Al fin, gracias a la ayuda y obra de la clemencia divina, los vencieron e hicieron huir. Algunos murieron a espada, otros al pasar el río y la inmensa mayoría se ahogó en el mar tratando de escapar. Después de vencer y dar muerte a los sarracenos, los cristianos vencedores saquearon todos sus bienes. Allí mismo, después de conseguir la victoria, también recogieron abundante botín, esto es: oro y plata, caballos y mulas, armas escogidas y muchas riquezas, y glorificaron con gran devoción a Dios por la victoria que les había otorgado. Después de este triunfo, memorable y siempre glorioso, el rey Pedro y Rodrigo emprendieron el regreso a Valencia con su ejército ensalzando a Dios. En esta ciudad permanecieron pocos días. Luego salieron juntos y se dirigieron a la fortaleza de Montornés, que pertenecía a la jurisdicción del rey y se había rebelado contra él: la sitiaron y después de asediarla y atacarla la sometieron. Después de hacer esto, el rey volvió enseguida alegre a su reino. Rodrigo regresó a su ciudad de Valencia.

67. Un día Rodrigo salió de la ciudad a explorar y vigilar a sus enemigos. Mientras recorría su camino, el alcaide de Jätiva, llamado Abdul-Fatah, salió de la ciudad y se fue a Murviedro. Al tener noticia de ello, Rodrigo se dirigió contra él y le siguió hasta que le encerró en la villa que se llama Almenara. La asedió y la atacó con fuerza por todas partes durante tres meses. Transcurridos éstos, la tomó valerosamente. Pero permitió marchar libres a todos los hombres que encontró dentro. Ordenó edificar una iglesia en honor de la Santísima Virgen María.

68. Realizado esto, por gracia de Dios, sale con su ejército de Al menara, diciendo y simulando que quería ir a Valencia, aunque había decidido sin embargo secretamente en su corazón rodear y atacar Murviedro. Entretanto, elevó las manos al cielo y oró al Señor diciendo: »Eterno Dios, que conoces las cosas antes que sucedan, a quien ningún secreto se esconde, tú sabes, Señor, que no quena entrar en Valencia antes de sitiar y combatir Murviedro, antes de conquistarla con la ayuda de tu poder, tras haberla combatido con la fuerza de mi espada, antes de celebrar allí, una vez recibida de ti, sometida a nuestro dominio y ya siendo dueño de ella, una misa en tu honor, Dios verdadero, y en tu alabanza». Tan pronto como acabó esta oración, sitió la fortaleza de Murviedro y con espadas flechas, dardos y toda clase de armas y máquinas de asedio afligió y castigó duramente y les impidió que salieran o entraran.

69. Sus defensores y habitantes, al verse atacados por todas partes, muy angustiados y abrumados, se dijeron: «¡Qué haremos, desdichados? Ese déspota de Rodrigo no nos permitirá de ningún modo vivir al amparo del castillo. Hará con nosotros lo que hizo hace poco con los habi tantes de Valencia y de Almenara, que no pudieron resistirle. Veamos qué podemos hacer, pues moriremos sin duda por hambre nosotros, nuestras mujeres, hijos e hijas. Ninguno habrá que pueda arrancarnos de sus manos». En cuanto tuvo conocimiento de sus intenciones, Rodrigo les atacó, hostigándoles con más fuerza de lo acostumbrado y los castigó de manera más dura. Ellos, viéndose en tan grande aprieto, suplicaron a Rodrigo diciendo: «¡,Por qué nos infieres tantos y tan insoportables males? ¿Por qué nos matas a golpe de lanzas, flechas y espadas? Ablanda y mitiga tu corazón y apiádate de nosotros. Te suplicamos a una que por piedad ries concedas tregua de algunos días. Entretanto enviaremos nuestros emisarios al rey y a nuestros señores para que vengan a socorrernos. Si en el plazo designado no viniese ninguno que pueda librarnos de tus manos, seremos tuyos y te serviremos. Pero ten por seguro que, la fortaleza de Murviedro tiene tanto renombre y fama entre todos los pueblos, que de ningún modo te la entregaremos tan pronto. Antes que entregarla sin que nos concedas un plazo, ten por seguro que todos nosotros moriremos voluntariamente. Sólo después de muertos, podrás conquistarla». Rodrigo, pensando que de nada les serviría esto, les dio treinta días de tregua.

70. Ellos entonces enviaron sus emisarios al rey Yusuf y a los almorávides, al rey Alfonso, a Mustaine rey de Zaragoza, al rey Ibn Razin y al conde de Barcelona, diciéndoles que no dejasen de socorrerlos en el plazo de treinta días, que de no hacerlo, pasados los treinta días, entregarían la ciudad a Rodrigo y le servirían fielmente como señor. El rey Alfonso después de ver y escuchar a los mensajeros de Murviedro les respondió así: «Creedme que no os ayudaré porque prefiero que posea Rodrigo la fortaleza de Murviedro que cualquier rey sarraceno». Los legados, cuando escucharon esto, regresaron a sus tierras sin ninguna resolución. A los que habían sido enviados a Zaragoza, Mustaine les dio esta respuesta: «Id y animaos cuanto podáis; sed fuertes resistiéndoles en la lucha, porque Rodrigo es de dura cerviz y guerrero muy esforzado e invencible y por esto yo temo darle batalla». Pues poco antes Rodrigo le había enviado el siguiente mensaje: «Ten por seguro, Mustaine, que si intentas venir contra mí con tu ejército y entablas combate conmigo, de ningún modo escaparéis de mis manos tú y tus nobles, muertos o cauti. vos». Así, por miedo a Rodrigo, no se atrevió a ir. El rey Ibn Razin, por su parte, dijo a los emisarios que fueron a pedir socorro: «Animaos y resistidle cuanto podáis, porque yo no puedo ayudaros». Los almorávides respondieron: «Si Yusuf, nuestro rey, quisiera venir, nosotros todos iremos junto con él y os socorreremos de grado: sin él no nos atrevemos a luchar con Rodrigo». El conde de Barcelona, que había recibido un cuantioso tributo de los de Murviedro, dijo a los emisarios: «Sabed que, aunque no me atrevo a pelear con Rodrigo, sin embargo iré rápidamente y rodearé su castillo llamado de Oropesa y mientras él me haga frente y luche conmigo, entretanto vosotros, por la parte contraria, llevad víveres suficientes a vuestro castillo. El conde, cumpliendo su palabra, lo asedió. Al escuchar esto. Rodrigo sin darle importancia no pensó ir a socorrer su castillo. Un soldado dijo al conde que mantenía el cerco: «Muy noble conde, escuché que Rodrigo viene contra ti y quiere luchar contigo». En cuanto supo esto, levantó el cerco sin querer probar la veracidad de la noticia y por miedo a Rodrigo regresó temeroso a su tierra.

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