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41. El conde Berenguer, viendo y comprendiendo que por voluntad divina había sido herido, vencido y capturado por Rodrigo, pidiéndole misericordia humildemente, llegó a presencia de éste, que estaba sentado en su tienda y le pidió perdón con muchos ruegos. Rodrigo no quiso recibirle benignamente, ni le permitió sentarse junto a él en la tienda, sino que ordenó a sus caballeros que le custodiaran fuera. Ordenó solícitamente que le dieran allí abundantes vituallas y finalmente, le permitió volver libre a su patria. Pero cuando Rodrigo se recuperó después de pocos días, firmó un pacto con Berenguer y Giraldo Alemán estipulando que le dieran ochenta mil marcos de oro de Valencia en concepto de rescate. Los otros cautivos se comprometieron bajo juramento a darle por su rescate, a voluntad de Rodrigo, innumerables riquezas, en cantidad fijada. Luego volvieron a sus casas y regresaron de allí apresuradamente a Rodrigo con gran cantidad de oro y plata, llevando consigo además de las riquezas que traían, hijos y parientes que querían que quedaran como rehenes hasta que pudieran pagar la cantidad establecida como rescate, asegurándole que habían de darle todo y llevarlo a su presencia. Al ver Rodrigo esto, después de consultar con los suyos, movido por la piedad, no sólo permitió que volvieran libres a sus tierras sino que les perdonó el rescate. Ellos regresaron a sus tierras alegres dando con veneración las gracias a su nobleza y piedad por tanta misericordia y prometiendo servirles con todos sus bienes y con gran honor.

42. Rodrigo llegó a tierras de Zaragoza al lugar llamado Sacarca y allí estuvo casi dos meses. Después de salir de allí, se dirigió a Daroca donde permaneció muchos días, pues sin duda había allí gran cantidad de alimentos y abundancia de ganados. En este lugar padeció Rodrigo una grave enfermedad. Entonces envió a Mustaine, rey de Zaragoza, algunos caballeros con cartas, los cuales le encontraron en Zaragoza y le entregaron la misiva que llevaban. En esta ciudad hallaron al conde Berenguer con sus nobles, sentado junto con el mencionado rey. En cuanto supo el conde que estos mensajeros eran caballeros de Rodrigo, permitió que se acercaran a él y en seguida les mandó y les encargó que llevaran este mensaje a Rodrigo, diciéndoles: «Saludad encarecidamente de mi parte a Rodrigo, mi amigo, y no dejéis de decirle que quiero ser un buen aliado y un socorro seguro en todas sus necesidades». Después de escuchar esto, los emisarios mencionados regresaron a Rodrigo, ya convaleciente y fuera de peligro, y le refirieron cumplidamente y punto por punto el contenido de la embajada del conde. Pero Rodrigo, menospreciando sus palabras, se negó a ser su amigo y a firmar la paz con él. Sus principales caballeros le dijeron: « ¡Qué es esto? ¿Qué mal te hizo alguna vez el conde Berenguer para que ahora tú no quieras firmar la paz con él? Le tuviste en tu poder, vencido y dominado, encadenado y cautivo, y le quitaste enérgicamente todas sus posesiones y riquezas ¿y no quieres la paz con él? Pues no se lo pides a él, sino que es él quien te ruega firmar la paz contigo». Finalmente hizo caso del consejo de sus nobles caballeros y prometió que firmaría la paz. Los emisarios, volviendo a Zaragoza en seguida, contaron al conde Berenguer y a sus nobles que Rodrigo quería ser su amigo y que firmaría la paz con él. Al escuchar esto, el conde y los suyos se alegraron mucho. Entonces el conde salió de Zaragoza a entrevistarse con Rodrigo y se dirigió a su campamento. Allí se estableció la paz y la amistad entre ambos. El conde puso entonces en manos de Rodrigo, colocándolas bajo su protección, parte de las tierras de moros, sometidas en otro tiempo a su mandato. Juntos bajaron los dos a la costa vecina; Rodrigo asentó su campamento en Burriana. Berenguer, separándose de Rodrigo, atravesó el río Ebro y regresó a su tierra.

43. Rodrigo permaneció en Burriana, en los alrededores de Valencia, y celebró en Yuballa la Pascua del Señor. Luego asedió Liria, fortaleza cercana a Valencia, con su ejército, y allí distribuyó generosos estipendios a sus soldados.

44. En este lugar le llegaron cartas de la reina, esposa del rey Alfonso, y de sus amigos diciéndole que el rey Alfonso marchaba contra los sarracenos y que quería entablar combate con ellos, pues ya habían tomado Granada y sus alrededores. Esta sin duda era la causa por la que el rey iba a luchar contra ellos. Por medio de esta carta, le aconsejaron sus amigos que por ninguna causa ni demora dejase de dirigirse con rapidez al rey que iba con su ejército contra los sarracenos para ayudarle en aquella guerra, y que se incorporara con toda su hueste al ejército del rey para prestarle auxilio, asegurándole que recuperaría en seguida la gracia y el amor del rey. Siguiendo el consejo de sus amigos, abandonó la fortaleza de Liria a la que había sitiado, atacándola y castigándola por medio del bloqueo de aprovisionamiento, y que estaba casi para rendirse, y con toda su hueste se dirigió haciendo el trayecto en largas jornadas al encuentro del rey, al que halló cerca de Córdoba, en el lugar que se llama Martos.

45. El rey, al oir que venia Rodrigo, al punto le salió al encuentro y le recibió en paz con grandes honores. Juntos llegaron cerca de la ciudad de Granada. El rey mandó colocar sus tiendas en las montañas, en el lugar denominado Elvira. Rodrigo fijó su campamento en la llanura en un lugar que estaba delante del campamento del rey para protegerlo y vigilar por su seguridad. Esto molestó mucho al rey, quien, llevado por la envidia, dijo a los suyos: «Ved y considerad que clase de injuria y de afrenta nos hace Rodrigo. Llega hoy como si viniera cansado y fatigado de un largo camino, pero se nos adelanta y planta sus tiendas delante de nosotros». Casi todos los suyos, movidos también por la envidia, le dieron la razón al rey y, envidiosos, acusaron falsamente a Rodrigo de audaz arrogancia delante del rey. El rey permaneció en el mismo lugar seis días. Yusuf, rey de los almorávides y sarracenos, no atreviéndose a esperar al rey Alfonso y a luchar con él, atemorizado por el pavor que sentía hacia el rey, huye junto con su ejército y se retiró ocultamente de aquellos lugares. Al conocer el rey Alfonso que Yusuf, rey de los sarracenos, había huido por temor a él, y que se había retirado de aquel lugar ocultamente, mandó volver en seguida a Toledo. Camino de Toledo, llegó a la fortaleza conocida por el nombre de Úbeda que está sobre ei cauce del Guadalquivir. Rodrigo ordenó a los suyos plantar su campamento junto al mismo río y establecerse allí. Allí mismo el rey le recibió ásperamente con airadas y duras palabras y le echó en cara muchas faltas imaginarias. Hasta tal punto, irritado violentamente con él, se encolerizó que planeó y quiso apresarlo. Rodrigo observando señales evidentes de esto, aguantó pacientemente todas las injurias del rey, pero al caer la noche se marchó, no sin temor, del campamento del rey y regresó en seguida al suyo. Entonces muchos de sus caballeros dejaron a Rodrigo y se pasaron al campamento del rey. Y abandonando a Rodrigo, su señor, entraron al servicio del rey. El rey irritado con Rodrigo, que se defendía de la afrenta inferida a él por el rey con demasiada insistencia, muy enfurecido se marchó a Toledo con su ejército.

46. Rodrigo, molesto y muy triste, se dirigió a Valencia por un difícil camino y allí permaneció bastantes días. En el lugar denominado Peña Cadiella fortificó un castillo, que habían destruido los sarracenos, con muchos y firmes edificios, lo rodeó por todas partes con un muro inexpugnable y lo reconstruyó firmemente. Protegió el mencionado castillo con una numerosa guarnición de caballeros y hombres de a pie y con toda clase de armas. Lo abasteció también abundantemente de gran cantidad de pan, vino y ganados. Saliendo de allí bajó a Valencia, luego se dirigió a Morella, donde permaneció algunos días y celebró solemnemente el día de la Navidad del Señor.

47. En este lugar llegó a el un hombre que prometió entregarle furtivamente el castillo de Borja, cercano a Tudela. Tras llegar a un acuerdo, se dirigió en seguida con su hueste contra la fortaleza de Borja y he aquí que de repente vino a él un emisario de Mustaine, rey de Zaragoza, que le anunció que su rey estaba muy amenazado y acosado por el rey Sancho de Aragón. Tan pronto como este mensajero se separó de Rodrigo, éste marchó ocultamente por la noche a Zaragoza con unos pocos y allí se dio cuenta de que el hombre que le había prometido darle el castillo de Borja, había mentido. Pero, no obstante, no quiso volver al campamento, sino que permaneció en el mismo lugar en que estaba. Al oír esto, vinieron a él los notables de la ciudad de Zaragoza y le imploraron con muchos ruegos que tuviera buena voluntad, amistad y paz con su rey. Y sucedió que Mustain y Rodrigo se entrevistaron y firmaron entre ellos una firme paz.

48. Entonces Rodrigo llegó ya con su ejército a Zaragoza, atravesó el río y plantó su campamento en el lugar denominado Fraga. Al tener noticias de esto, Sancho, el rey de Aragón, decidió reunir su inmenso ejército juntamente con su hijo, el rey Pedro. Reunido, pues, el ejercito, inmediatamente mandó plantar sus tiendas en el lugar que se llama Gurrea. Entonces el rey y su hijo enviaron a Rodrigo legados en son de paz portadores de una embajada de amistad y concordia. Al oir y conocer esto, Rodrigo los recibió honrosamente y con rostro alegre y les respondió que en verdad el quería tener con el rey Sancho y su hijo amistad y paz. En seguida les envió también sus emisarios para que le comunicaran al rey y a su hijo estas palabras que mostraban sus deseos de alianza. Avistándose el rey Sancho, su hijo y Rodrigo, convinieron firmemente entre ellos amistad y paz con lazos indisolubles. También por amistad y ruegos de Rodrigo, el rey Sancho firmó la paz con Mustaine. Amistosamente hizo las paces con él por mediación y obra de Rodrigo. Una vez que realizó esto, el rey Sancho volvió a su tierra inmediatamente. Rodrigo permaneció rodeado de grandes honores bastantes días en Zaragoza en la corte del rey Mustaine.

49. …

50. Después de salir de Zaragoza entró con una gran hueste en tierras de Calahorra y de Nájera que pertenecían al reino del rey Alfonso y estaba bajo su gobierno. Entonces, después de valeroso ataque, tomó Alberite y Logroño. Se hizo con gran botín que provocó desconsuelo y lágrimas, y cruelmente sin misericordia alguna incendió todas aquellas tierras arrasándolas por completo de la manera más dura e impía. Devastó y destruyó toda aquella región llevando a cabo feroz e inhumano pillaje y la despojó de todos sus tesoros y riquezas y de todo su botín que pasó a su poder. Tras alejarse de aquel lugar, llegó con un gran ejército al castillo llamado de Alfaro, contra el que luchó valerosamente, y enseguida lo tomó. En este lugar le salieron al encuentro los legados de García Ordóñez y de todos sus parientes quienes le comunicaron de parte del conde y de todos los suyos que les esperara allí siete días y no más, que si hiciera esto, no dudara que el conde con sus allegados le presentarían batalla. Regocijándose les respondió a éstos que aguardaría siete días allí al conde y a los suyos y lucharía con ellos gustoso. El conde García Ordóñez reunió a todos sus parientes y a todos los poderosos nobles y príncipes que dominaban en todo aquel territorio comprendido desde la ciudad llamada Zamora hasta Pamplona. Después de reunir un inmenso e innumerable ejército de caballeros e infantes, e! mencionado conde llegó con tal hueste al lugar conocido por el nombre de Alberite. Pero en cuanto llegó, sintiendo pánico y temiendo sobremanera entablar combate con Rodrigo, aterrado se volvió sin vacilación con su ejército desde este lugar a su tierra. Rodrigo los esperó allí hasta el día acordado, el séptimo, inmóvil como una roca, con ánimo decidido y alegre. Entonces tuvo noticia de que el conde y todos los que estaban con él, sin atacarle como habían prometido y temiendo enfrentársele, se había alejado y vuelto a sus tierras dejando Alberite sin un soldado, solo y vacío. En Calahorra y en toda la región que Rodrigo había saqueado dominaba el conde García, enemigo de Rodrigo, en nombre del rey Alfonso. Entonces por la enemistad que sentía hacia el conde y para deshonrarlo Rodrigo incendió aquellas tierras y las devastó, asolándolas casi por completo. Y al oír, como se ha dicho, que el conde por temor a él ya había vuelto a su tierra con su gente y había dejado Alberite desguarnecido y vacío, se dirigió con su ejército desde Alfaro a Zaragoza.

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